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Oda a mí mismo

Escribo esto porque hoy ha sido un día difícil. No ha sido el único, como este ya van muchos y no parecen tener fin. Lo tendrán, pero hoy no puedo ver cuando y necesito recordarme de alguna manera, que la vida ha intentado acabar conmigo desde el día que se me fue dada. Qué curioso predicamento. Escribo esto hoy porque hoy lo necesito, porque hoy estoy cansado, física, mental y emocionalmente. Escribo esto para exorcisarme y probablemente echar una buena llorada mientras lo hago y antes de dormir.

No cumplía 3 años cuando una mañana de un día que ya no recuerdo, decidí acostarme a comer un sandwich que recién me había hecho, debajo de un catre recargado en la pared. El mismo catre que momentos después se resbalaría para caer sobre mi cabeza, lo último que recuerdo haber visto antes de perder la consciencia es el mar de sangre que se deslizaba por el suelo. Desperté en una cama con la cabeza envuelta en vendajes y un dolor que a día de hoy -por fortuna- soy incapaz de recordar. El cirujano hizo 7 puntadas y yo sobreviví.

Algunos años después volvería a la misma clínica a que me curaran una herida que me hice por haber saltado desde la cama hacia el suelo con un palo en mi boca, desafiando abiertamente lo que mi madre me había dicho que no hiciera, y si, sobreviví.

Unos meses antes había cumplido ya 5 años y faltaban 4 días para la navidad del ’98 cuando después de un sueño extraño me caí de la cama para golpearme con una máquina de escribir que apenas y salía por debajo, mi madre me encontró temblando incontrolablemente en el suelo y sacó a mi padre del baño a gritos para que me llevaran al hospital. Había tenido mi primera convulsión. Al pasar de los siguientes meses tendría un par más y en los siguientes años media docena más se agregarían a la cuenta. Me diagnosticaron epilepsia, el neurólogo dijo que a pesar del trastorno, el pronóstico era bueno, no descartaba que tuviera que someterme a medicamento de por vida, pero también existía la posibilidad de que no volviera a presentar ninguna crisis de nuevo y pudiera dejar el medicamento eventualmente. Así fue. Después de casi 15 años empecé una vida sin crisis convulsivas y sin medicamento,

Tendría 6 o 7 años, yo no recuerdo la fecha exacta pero mi madre sabe hasta el día y quizás la hora. Por teléfono escucho la voz de mi padre diciéndome que no estaría más en la casa, que había decidido no vivir ahí por un tiempo. “Que cosa tan curiosa” pensaba mi pequeño cerebro, “¿Por qué?” pregunté. “Así lo decidimos tu mamá y yo” y eso fue todo. Una llamada y ya. En retrospectiva, unos años después recordé las conversaciones que tuvieron mis padres días (o semanas(?)) antes de esa llamada, mi madre pidiéndole a mi padre que nos dijera ese algo que ahora entiendo era la infidelidad de él, pero yo sin entender nada, seguía jugando con mis juguetes. Eventualmente alguien platicó conmigo y me enseñó el significado de la palabra divorcio. Alguien debería decirle a las personas que el verdadero significado para un niño es “tu vida va a cambiar para siempre”. Nunca he sentido resentimiento hacia mi padre por causar el divorcio de mis padres y la fragmentación de nuestra familia, en muchas ocasiones hasta sentía alivio porque hubieran tomado esa decisión en lugar de tratar de mantener un moribundo matrimonio. A partir de esa edad mi vida jamás volvió a ser la misma. Pero sobreviví.

Tendría ya 11 años cuando me encontré desconsolado llorando en uno de los cuartos de la planta superior de la casa de mi nana, no por primera vez la presión que las expectativas de mi madre ponían sobre mí habían hecho que me viniera abajo, pero era la primera vez que me derrumbaba tanto. Lo escuché en su voz cuando me dijo “pero no te preparaste lo suficiente y ahí están las consecuencias”, a pesar de tener una boleta llena de puros 10’s, habían entregado los resultados de los exámenes para la Olimpiada del conocimiento y yo no estaba entre los primeros lugares, no había pasado a los regionales y no tenía ninguna oportunidad de ganarla, algo en lo que mi madre siempre me había envisionado. La llamada de mi profesor en aquel momento lo hizo más vergonzoso aún y aunque él me tranquilizó, no pudo evitar que sufriera la decepción de mi madre, y a pesar de eso. Sobreviví.

El periodo que abarca los 13 a 15 años es uno de los más confusos y turbulentos de mi vida. La presión que sentía por mis calificaciones, por mantener la beca, por encajar en un mundo al que no pertenecía al ser un alumno de colegio privado era ya de por sí demasiada, pero en ese periodo me encontré con la crueldad de la que solo son capaces los niños de esa edad. Apodos, burlas, golpes, miradas, desprecios, menosprecio. Por primera vez en mi vida supe lo que era atreverme a decirle a una niña que me gustaba, también averigüé lo que era que te rompieran el corazón de la manera más cruel y vil. Que hablaran mal de ti y te excluyeran de grupos, conocí la corrupción en las personas y la marginación social. Y a pesar de que fueron 3 años… sobreviví.

Convertirme en un adulto comenzó con uno de los procesos más desafiantes que he tenido que pasar en mi vida. Después de cumplir 20 años comencé a sentir dudas sobre lo que era mi vida, cuando cumplí los 21 no sabía qué esperar de mi y sin embargo el mundo no se detenía. Fui empujado al borde de mis capacidades sociales, al borde de mis capacidades emocionales, al borde de mi inteligencia y eventualmente me rompí. Después de más de 5 años, decidí que el lugar donde estaba no era el mejor para mi, que después de 5 años mi falta de crecimiento personal provocó que al estar en ese punto de quiebre… me quebrara. Así que por primera vez en mi vida, me elegí a mi sobre el mundo. Me elegí a mi por sobre la vida que llevaba, sobre el qué dirán y sobre las expectativas de los demás. A mis 21 años acabé con la vida que llevaba… y sobreviví.

A los 21 años empecé a escribir este blog en las hojas de una libreta usada que llevaba en mi mochila y por 5 años ha sido testigo tanto de la persona que fui como de la que me he ido convirtiendo.

El mundo se ha acabado para mi bastante más veces de las que puedo recordar, son muchos los momentos en los que he pensado “ya no puedo más”, “no voy a salir de esta”, “esto es lo peor que me ha pasado en la vida”.

Y todas las veces han sido ciertas.

La realidad es también, que ha todas ellas he sobrevivido.

Me encuentro en un momento de mi vida que añade una entrada más en las categorías que mencioné antes. El estrés por el confinamiento, la pandemia y todo lo que implica, me llevó a agravar mi reflujo y eventualmente evolucionó a lo que han diagnosticado los doctores como Enfermedad de Reflujo GastroEsofágico (ERGE) lo cual se manifiesta en mi como dolores en el pecho de manera diaria, acompañados de molestias al tragar y ha provocado un gran impacto en mi calidad de vida. Esto me ha llevado a desarrollar un trastorno de ansiedad con tendencias depresivas, algo por lo que jamás había pasado, algo que creí que jamás experimentaría y algo que más de una docena de veces me ha sobrepasado en los últimos meses. Me siento golpeado por todos lados.

Así que empecé a escribir esta entrada, para mí.

Para recordarme lo mucho que ha pasado a lo largo de mi vida, los momentos en los que mi mundo se ha destruido y en los que yo me he roto. Los momentos en los que realmente creí que era el fin, porque así me parecía en ese instante tal como me lo parece ahora y sin embargo, no lo fue. Al pasar del tiempo termina siendo un capítulo más en la historia que necesitaba el protagonista para crecer.

Escribí esto para reconocerme el haber salido adelante cuando creí que no se podía.

Escribí esto para repetirme, que salir adelante de la situación en la que estoy, no es imposible.

Escribí esto para hacerme ver, que a pesar del fin del mundo, no es el fin de la vida. Y mientras haya vida, habrá posibilidades.

No te rindas.

 

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